Los Hombres: Las Otras Víctimas del Machismo

El día de ayer, 8 de marzo del 2019, se llevó a cabo en Madrid una manifestación feminista en la cual se volvían a reivindicar los derechos de las mujeres dentro de la sociedad y el mercado laboral. Y no me extraña. Siendo padre de dos niñas y un niño, me parecería injusto que cuando los tres accedan al mercado laboral mis hijas ganasen menos que mi hijo por el hecho de ser mujeres. O que tengan menos opciones de obtener un puesto de trabajo porque sean ellas y no sus futuros esposos quienes vayan a tener la dicha de llevar una criatura dentro de ellas por un periodo de nueve meses. Por eso espero que se equiparen las condiciones laborales y las oportunidades para unos y otros.

Como hombre, me puse a reflexionar sobre el impacto que el machismo tuvo sobre los niños de mi generación en España, aquellos nacidos en medio de la transición y a caballo entre la dictadura, golpe de estado y la democracia. España se debatía entre la intolerancia y la permisividad, con una parte de la sociedad que sobrevivieron a una guerra civil y décadas de dictadura, y otra parte alimentándose de nuevas tendencias más modernas y progresistas provenientes de diferentes partes de Europa, principalmente.

El machismo era algo todavíapredominante en la sociedad, y cierto es que las mujeres fueron víctimas y las primeras perjudicadas de un dominio masculino en todas las esferas sociales. Pero, paramí, no fueron las únicas víctimas del machismo. Los mismos hombres fuimos, ytodavía somos, las otras víctimas del machismo. Puede sonar raro, pero así es,por varias razones.

Si bien es cierto que el machismo relega el papel de la mujer a un segundo plano en las esferas del liderazgo, lapolítica o el mercado laboral, por mencionar unos cuantos, no es menos ciertoque también pone sobre el hombre una carga y un estrés innecesarios. Por ejemplo, en la toma de decisiones. El machismo propone que el hombre es el que toma las decisiones. Cualquier persona sabe que ser el único responsable en la toma de decisiones que repercuten en un grupo de personas (familia, empleados, matrimonio, equipo, etc.) trae consigo estrés y presión. Eso es lo que muchos padres de familia soportaron por décadas. Tener que decidir desde cómo se administra las finanzas familiares, pasando por decidir dónde tiene la familia que ir a comer, o incluso lo que cada miembro de la familia tiene que pensar y creer. Si acertabas, muy bien. Pero si no, el machismo no proveía más herramientas ni salidas que decir, “aquí se hace lo que yo digo, y si no os gusta, os aguantáis”. Eso suena muy macho, de cara a la galería. Pero en sí lo que evidencia es unafalta de recursos y un vacío interior que lo único que aporta a la persona es el recurso de la imposición de decisiones sobre los demás. Un tipo de dictadura local que nadie más aprueba pero que todos respetan por miedo. El machismo hace del hombre un dictador incapaz de traer consenso al matrimonio, a la familia, y a la sociedad.

El otro aspecto del machismo del que los hombres han sido víctimas por décadas, es el aspecto emocional. No se hoy, pero en mi época de niño y adolescente, que los varones llorasen y mostrasen sus emociones en público, no nos dejaba en buen lugar. A todos nos suena aquello de, “los niños no lloran”, o “llorar es de niñas”. También recuerdo aquello de, “venga, machote, deja de llorar, que pareces una niña”. Incluso Miguel Bosé tiene una canción titulada “los chicos no lloran”. ¿En serio? ¿Desde cuándo las emociones son exclusivas de cierto género? Cualquier psicólogo o educador infantil sabe que la supresión y represión de las emociones en infantes, especialmente las que se expresan a través del llanto, es perjudicial para el desarrollo emocional y personal del niño. Trabajando con adolescentes y niños en mis sesiones de terapia y consejería siempre les repito que lloren cuanto quieran y donde quieran. Que no lo repriman. Aún recuero a una adolescente que lloró desconsoladamente por un período de treinta minutos. No dije ni una palabra. La dejé llorar cuanto quiso. Cuando terminó, se secó las lágrimas, procesamos lo que había sucedido, y se marchó con treinta kilos menos de lágrimas. ¿Por qué se nos decía que eso no era propio de hombres? ¡Cuánto me hubiese gustado que cuando me caí y me sangraron los codos o las rodillas, o cuando me sentí frustrado y triste por alguna razón, se me hubiese permitido hacer un alto en el camino y llorar! Pero no, en mi tiempo lo que escuchábamos los niños era aquello de “venga, no llores, que pareces una niña”. Flaco favor que el machismo nos hizo a nosotros los hombres.

¿Y qué diremos del gasto que supuso para muchos el anillo de compromiso, pagar el café o la cena, o llevar flores? ¿Por qué? Pues porque cómo va a permitir un hombre que la mujer pague. Cierto es que ahí tenía mucho que ver que lasmujeres no tenían acceso al mercado laboral al nivel de los hombres, y sería descortés esperar que alguien que no recibe un salario sea quien pague. Pero incluso bajo las mismas condiciones siempre se esperaba que el hombre pagase. Por eso quiero dar las gracias al feminismo por liberarnos de esas cargas Impuestas por el machismo. La que trabaje que se pague la consumición. Al fin yal cabo, ninguna mujer depende de ningún hombre para pagarse una cena o comprarse flores.

Aquí es cuando algunas comienzan a desmarcarse del feminismo alegando que cosas como comprarle flores a una mujer, pagarle la cena, o abrirle la puerta del coche, no tienen nada que ver con el machismo sino con la caballerosidad, recurso muy conveniente y selectivo para un sector que quiere gozar de las ventajas del feminismo y los inconvenientes del machismo. Eso no es caballerosidad. Se llama cortesía, y es algo que debería de fluir en ambos sentidos. Porque sí. Porque tener que estar pendiente de abriros la puerta, de tenderos la mano para bajar un escalón o al salir del coche para que no os caigáis por los tacones, tener que cargaros en brazos para cruzar un charco, ayudaros a que os pongáis y os quitéis el abrigo, abrir el bote del tomate, y cosas por el estilo, generan estrés añadido. Porque si uno no hacía esas cosas no era un hombre digno. Porque la cortesía parecía ser algo exclusivo de los hombres. Así que me gustaría ver que cuando lleguemos a un restaurante cada uno se quita su abrigo, o que nos lo quitemos el uno a la otra y viceversa. El problema viene al bajarse del coche. ¿Quién se baja primero para abrirle la puerta al otro? O hacemos turnos o que cada uno se abra su puerta y se baje por su propio pie.

De nuevo, gracias feministas por librar al hombre de tan pesada y tediosa carga como lo es tener que cumplir con los estándares del machismo. Gracias a la igualdad entre géneros puedo disfrutar del privilegio de bañar a mis hijas y cepillarles su cabello, entre otras cosas, sin que la sociedad diga que estoy ayudando a mi esposa o haciendo tareas de mujer. Los hombres, las otras víctimas del machismo, aquellos que renegamos del machismo, os estaremos eternamente agradecidos.

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